Carlos Skliar
Había un mundo donde los hombres se callaban.
Se callaban porque todo lo que decían no se encontraba en ningún sitio y, en su lugar, sólo veían desolación y ausencia, bosques siempre renegridos y los despojos de un tiempo perdido.
Se callaban porque decían que sí cuando en verdad dudaban y rodeaban la piel viva de la incertidumbre con largos sonidos oscuros. Porque decían que no cuando lo cierto era que temblaban y soñaban y sentían. Y porque decían y decían y decían y no había nadie, ninguno, del otro lado.
Se callaban porque transformaron las grandes palabras en bocas partidas y perdieron de vista hasta secar las más pequeñas, las palabras dichas por primera vez, las palabras-sílabas.
Se callaban porque al decirse ya no se miraban. Se regodeaban, se ensalzaban, se engrandecían, se aniquilaban.
En el mundo de los hombres que se callaban, las mañanas comenzaban con gestos limpios. Las tardes no precisaban sonidos ajenos. Y por la noche, en vez de hablar, escuchaban.
Escuchaban a los niños que sí hablaban. Escuchaban a las mujeres que sí hablaban. Escuchaban la tierra que sí hablaba.
Y se detenían. Se daban cuenta que escuchar era más largo que hablar, más hondo, más claro. Percibían con asombro cuánto el mundo era más interesante que ellos mismos.
Por fin, regresaban a la vida a la que habían perdido porque sólo invocaban su nombre sin pronunciarla. Volvían a la vida a la que habían fatigado por tantas declinaciones sin motivo.
Los hombres se callaron y, así, descubrieron la humedad, el deseo, la abertura de los párpados.
Y, también, por acaso o por asombro, descubrieron la escritura.
(Puede leerse también en: http://carlosskliar.blogspot.com.ar/)
Se callaban porque todo lo que decían no se encontraba en ningún sitio y, en su lugar, sólo veían desolación y ausencia, bosques siempre renegridos y los despojos de un tiempo perdido.
Se callaban porque decían que sí cuando en verdad dudaban y rodeaban la piel viva de la incertidumbre con largos sonidos oscuros. Porque decían que no cuando lo cierto era que temblaban y soñaban y sentían. Y porque decían y decían y decían y no había nadie, ninguno, del otro lado.
Se callaban porque transformaron las grandes palabras en bocas partidas y perdieron de vista hasta secar las más pequeñas, las palabras dichas por primera vez, las palabras-sílabas.
Se callaban porque al decirse ya no se miraban. Se regodeaban, se ensalzaban, se engrandecían, se aniquilaban.
En el mundo de los hombres que se callaban, las mañanas comenzaban con gestos limpios. Las tardes no precisaban sonidos ajenos. Y por la noche, en vez de hablar, escuchaban.
Escuchaban a los niños que sí hablaban. Escuchaban a las mujeres que sí hablaban. Escuchaban la tierra que sí hablaba.
Y se detenían. Se daban cuenta que escuchar era más largo que hablar, más hondo, más claro. Percibían con asombro cuánto el mundo era más interesante que ellos mismos.
Por fin, regresaban a la vida a la que habían perdido porque sólo invocaban su nombre sin pronunciarla. Volvían a la vida a la que habían fatigado por tantas declinaciones sin motivo.
Los hombres se callaron y, así, descubrieron la humedad, el deseo, la abertura de los párpados.
Y, también, por acaso o por asombro, descubrieron la escritura.
(Puede leerse también en: http://carlosskliar.blogspot.com.ar/)
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